| Num's profileSaibalénPhotosBlogLists | Help |
SaibalénLa mente huyó. Por un momento se vio libre de yugo y bestias. En esa fracción de segundo aprendió a no distinguir locura de cordura, y ellas a reconocerla y despreciarla por toda la eternidad. En un descuido del tiempo... |
||||||||||||||||||||||||
Destellos, sombras de luz, de otras luces errantes.
|
May 14 Quién sabe si es un cuento
Hace mucho tiempo que los juegos infantiles quedaron sepultados por los actos de la madurez. O quizá por sus consecuencias. O por las circunstancias, sólidas murallas de cada ciudadela. ¿Alguien osaría derribar las suyas para ver qué había más allá? Hace mucho tiempo, la visión fantasiosa del infante podía ver hasta donde llegaban sus sueños. Hace un poco menos, las circunstancias adultas, educadoras del sujeto, etiquetaron, marcaron, sellaron, y enterraron los recuerdos de los juegos soñadores bajo toneladas de su propia realidad. Eso no existe, eso te lo estás inventando, compórtate, no vuelvas a decir eso, tienes que hacer, no tienes que hacer, debes, haz, ve, ven. Yo no hacía, a mí no me dejaban, yo tenía que, yo debía, yo hice, yo no iba, ni me atrevía a pensar. Cuando las palabras toman cuerpo de conceptos, y se imponen a uno mismo a través del más débil, éste ve sucumbir sus sueños bajo el peso heredado. El juego, vehículo de los sueños, se ha convertido en transgresión, y el transgresor en delincuente. Y como tal es castigado. Poco a poco, a conciencia, el pequeño va olvidando la confianza en sí mismo, y su lugar lo ocupa el miedo. Miedo al juego, a los juguetes, y a los sueños. El recuerdo seguirá ahí, vacío, carente de sentido, sin dueño. Puede que, algún día, una canción, un gesto, un encuentro, o su propio reflejo en un espejo, dejen en su boca un sabor que se apresurará en enviar al fondo del montón de los silencios.
Quién sabe si es un cuento
Más que cansado, agotado, derrotado, volvía a casa después de una dura jornada laboral. Era de madrugada, y tenía que madrugar. Iba a pie, buscando un poco de aire fresco, un instante de intimidad, un abrazo de oscuridad, algo tan fuera de lo común dentro de su rutina. Satisfecho de su vida. Sin orgullo ni vanidad. Por un momento perdido entre la canción chirriante de los grillos, un poco de música muy bajita en los oídos y dos estrellas que jugaban a burlar el cerco de nubes. Mismo lugar, mismo camino, una y otra vez. Pasados los jardines debía estar la luz blanca. O azul. La misma luz que durante años había visto en la misma ventana de ese segundo piso, siempre de madrugada: un absurdo e inútil faro a mitad de camino. Hacía unos días, durante un par de noches, no lucía. Cuando volvió a hacerlo, pasó de un blanco cegador, a un azul frío y vivo. Se alegró de ver que seguía ahí, pero tanto la seguridad como la alegría eran relativas. Cuando la luz blanca empezó a llamarle la atención, ya llevaba un par de años pasando por allí a diario. Después, había hecho indagaciones. El edificio llevaba ahí mucho tiempo, y la mayoría de los vecinos eran conocidos. Incluso un querido amigo vivió ahí de niño. Esa vivienda estaba deshabitada, dijeron, desde hacía, más o menos, diez años. Pero ahí había luz por las noches... Durante otro período de tiempo se había hecho preguntas a sí mismo, y había llegado a la conclusión de que debía abandonar, siempre se lo proponía, ciertas aficiones, paranormales unas, esotéricas otras. Pero la inercia de la vida, capaz de generar su propia gravedad, se encargó de que la única ruta alternativa fuera cortada. Y siempre pasaba por allí. Y siempre, en la ventana del segundo piso, detrás de la persiana a medio subir o bajar, detrás de la cortina blanca de encaje, la lámpara de pie con tulipa de tela blanca plisada, lucía su blanco primero, su azul después. Excepto en esa pausa de un par de noches.
Hace un par de semanas, El ruido y la furia en el Mp3, bajaba por el camino canturreando, medio bailando, desde luego caminando al son de su Rock and Roll, sin acordarse de la ventana, de su faro, intentando ignorar los gritos de su cuerpo dolorido, la jornada pasada, y la que se avecinaba. Solo la música y él. Y todo lo demás, por un momento, era el mismísimo olvido. Una de las farolas nuevas se apagó a su paso. Se detuvo, formó un círculo con índice y pulgar de la mano derecha, lo colocó alrededor de su boca, sacó un poco la lengua y sopló. La escandalosa y sentida pedorreta debió oírse en toda la calle, justo al otro lado de la delgada línea de silencio sepulcral que lo separaba del trueno de su corazón, cuando su visión periférica le mostró la ventana alumbrando su luz blanca, con dos objetos delante. Dos objetos vueltos hacia él se interponían entre los cristales y la lámpara de pie, uno más alto que el otro. Lentamente fue deshaciendo el ademán de la pedorreta, al tiempo que giraba sobre sus talones para mirar de frente, se quitaba los auriculares, y daba un par de pasos, todo ojos, hacia el edificio. Allí había alguien. Dos bultos, uno vestido de blanco, y otro de azul pálido, ambos en manga corta, y juraría que le estaban mirando. Desde su ubicación los veía la su lado derecho de la ventana, el más alto detrás, el más bajito delante, cara a cara con él. Pero esas cabezas... esos brazos... Las cabezas eran como globos de color beige, y los brazos. Las cabezas no tenían pelo, ni ojos, ni nariz, ni boca, ni orejas... globos. Los brazos terminaban en... ¿muñones? no tenían manos. Y lo sabía. Lo supo en cuanto el más bajo, el que vestía de azul, levantó el brazo derecho en lo que, a todas luces, blancas o azules, parecía un saludo. Miró hacia todos lados, no pasaba nadie más por allí. Una tormenta de escalofríos recorría su espina dorsal con la misma velocidad que las imágenes cruzaban por su mente: vio al niño que fue, jugando con otros niños que no eran como él. Él sabía que eran diferentes, era muy pequeño, pero aun conscientemente los recordaba en una imagen similar a esa. Imágenes de su vida, de la vida de su gente, imágenes de hechos que se había obstinado en olvidar, porque no eran reales, porque eran producto de una fantasía que no le traería nada bueno. Imágenes de juegos que había contado, y le habían regañado por ello, y castigado seriamente, cada vez. Pero estaban ahí, les veía, le saludaban, quizá los mismos, quizá no. Él recordaba que había habido muchos más, era un grupo considerable. En ese momento la imagen que se superpuso al pensamiento, como una rápida respuesta, le hizo salir corriendo. Sabía a condena de muerte. Sí... salió corriendo, ahogando un grito, y sin poder apartar la vista de la ventana, hasta que la perspectiva le impidió verles, y se apagó la luz. Y quizá, esa luz, para siempre. Estas historias a estas alturas de la vida... Bah. Sigue pasando por ahí. Mira de soslayo. No hay luz. No le importa.
April 27 Un cuento (otro cuento)
Aquello se cerró dejando atrapados dentro a preso y carcelero. Sin aire. Sin tiempo.La eternidad fue su alimento. Sus miradas recelosas, su aliento. Sin muerte. Sin vida.
Una canción suena al límite de lo incierto. -¿Vendrán por mí, quizá? Pero no vinieron.
Desde la distancia golpean. ¿Llaman? ¡Cómo van a saberlo si son sordos mudos y ciegos! Esclavos de la tristeza. Verdugos de sus cuerpos. No es posible. ¡Tiene que ser un sueño!.
Al final... ni uno ni otro murieron. Ni comprendieron.
En brazos de la locura la razón cruzó aquel puerto, vestida de seda fina, calzando botas de cuero negro. Engañó a quien se dejó engañar por sus encantos. Nadie vio a su portador, ella nunca pisó el suelo. Ventrílocuo de cortos brazos. Manos largas con las que mueve un muñeco.
Cuando el corazón se abrió, se vieron dentro los restos: una cerradura sin ojo, y una llave rota. Y una nota: Si alguien lee esto... (El forense la colocó con mucho cuidado en una bandeja de acero, y siguió practicando la autopsia al cuerpo)
Quién sabe qué pasaba por mi cabeza (por mi vida bien sé lo que pasaba) entonces, hace unos años, cuando una noche, escuchando a un forense en el Espacio en blanco, nació este cuento. April 02 Tic TacTic... Mi sueño y yo, rondamos.
Tac... Viernes noche. Tic... A mi sueño y a mi, nos ronda la hora bruja. Tac... Tras la gran tormenta, el cielo de mi mente aún alberga girones de nubes. Tic... La tierra de mi memoria, montañosa, escabrosa... reluce en verde. Tac... Ya sin muros ni alambradas. Tic... Sin horizonte ni yugo. Tac... Por donde pasa el tiempo, paso yo, haciéndolo mío. Tic... Atrapada en el centro del anillo. Tac... Cuando el exilio es necesario... ¿es forzoso o voluntario? Tic... Tac...
(Cuatro añitos tiene... En realidad ni buscaba este garabato, ni me acordaba de él. Se me ha "aparecido". Y Ahí va otra vez)
|
|||||||||||||||||||||||
|
|